El Malsín

martes, 26 de abril de 2011

me siento..

Sentarse en la cuneta y no pensar, dejar que pasen los momentos, porque sentados en la cuneta no importan toda las cosas, sino sentarse ahí, a la vanguardia de lo que siempre se ha sido; o sea, poca cosa, y es bueno ver pasar los autos un domingo de lluvia por la tarde y observar, y entre todo ese jolgorio de imágenes, el espíritu somete a la ilusa percepción de que la vida es buena, que el sentido se busca en la conchita de los caracoles y si se mira al cielo, justo entre dos nubes pequeñas, no existen minutos vacíos.
Y cuando se intenta observar esas nubecitas soñadas, la mirada se quema por la desgracia de saber que solo quedan atardeceres y susurros de vientos inconclusos, latidos de un corazón cansado y frió que hiere los pensamientos. Quedan espejos de charcos repartidos, momentos y reminiscencias y vida pasada. Un niño hermoso corriendo entre los charcos, un niño pidiéndole explicaciones a un dios que no daba explicaciones, un niño que rezaba con fervor para luego dormir en paz. Permanecen alicaídos tiempos inexistentes y un pequeño que sueña con dios, y que sueña que el ángel guardián de otro infante que también debe dormir, mientras su madre, una puta vieja y fea, lo acaricia llorando enternecida.
Y otra vez vehículos, nuevamente el bullicio demente de seres repatriados del dolor, transcurriendo de vereda en vereda, de pesadilla en pesadilla; y retorcido, tomar el rostro con ambas manos y no querer mirar, sino arrullarse a la orilla del mar, muy niño, y muy solo.

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